jueves, 23 de septiembre de 2010

Día VII

Nos levantamos casi a la una, haciendo caso omiso al plan previsto la noche anterior: “pongamos el despertador a primera hora”. Por suerte, los talleres mecánicos del Escorial no cierran hasta las dos, así que pudimos reparar con rapidez y profesionalidad
(cuatro martillazos bien dados) el problema de la puerta lateral.

Después de despedirnos de los ponentes, camareros y participantes nos encaminamos con gran ilusión hacia Cádiz. Es evidente que, por desgracia, no hemos podido asistir a las conferencias de clausura pero, en fin, todo tiene su precio…

El plan inicial es llegar hasta Sevilla y hacer noche allí, pero, cosas del destino, a las primeras de cambio aparece la temida caravana. Recalculamos ruta y decidimos ir hasta Badajoz con la esperanza de encontrar refugio y calor en alguna fiesta mayor furtiva. Error. Algún iluminado recalcula la ruta con más interés y observa que ir a Badajoz no
hace falta, que es un estúpido rodeo sin sentido alguno. Una vez más, apenas pasamos más de una hora viajando, Raúl se siente como en casa.

Total, con tanto follón escogemos dejar las cosas a la improvisación: seguimos hasta que se ponga el sol o hasta que el conductor se canse. La furgoneta parece ir a más, de Madrid a Sevilla hemos conseguido perpetrar dos adelantamientos: un tráiler lleno de ladrillos y un camión cisterna. Justo después de rebasar al segundo, se nos jode la quinta y tenemos que seguir en cuarta. De momento no nos ha adelantado ninguna bicicleta.

La desgracia no hace mella en nosotros -aventureros bárbaros- y sus efectos terribles se transforman en una motivación extra: ahora ya no nos contentamos con Sevilla, ahora haremos noche en un área de servicio en la mismísima autopista que nos llevará al deseado Sur. Con una velocidad de crucero de 70 km/h, a unos escasos 100 km del destino y tras diez horas interminables de travesía, nos detenemos. La estación de servicio parece tranquila y muy acogedora.

La cena es la de siempre; la innovación de hoy es un selecto vinito peleón del LIDL. El cuento de buenas noches es el visionado del vídeo no autorizado hecho por algún judío (tenemos a un traidor a bordo) ayer –o hoy- mientras intentábamos cerrar el puto portón lateral.

El besito de mamá se sustituye por un cigarrillo de la risa; un amable joven madrileño nos lo acaba de ofrecer, será cosa de la empatía; él, al igual que nosotros, también ha sufrido una odisea de Madrid a Cádiz.

Mañana pensaremos qué hacer con la furgoneta, pero pase lo pase, esto no es el fin; el gran guerrero jamás se rinde, muere en el campo de batalla.


Buenas noches. Besos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Día V I

Savater y Garzón en el mismo sitio no son una buena idea, tampoco lo son tres tipos en una furgoneta con pinta de etarra, sobre todo si esta tiene los vidrios tintados y una ikurriña colgando de la ventana. Tal vez por eso y sólo por eso, por la noche recibimos la amistosa visita de los Geos, unos tiernos señores vestidos de camuflaje y con las armas desenfundadas. Llamaron a la puerta con algunas patadas ligeras, cabe decir, y con palabras dulces nos hicieron levantar. Nada más. Un abrazo y hasta luego. Claro que a la mañana siguiente nos fue casi imposible acceder al salón donde Savater hablaba. Todo estaba lleno de seguratas y de guardias civiles, todos ellos amabilísimos.

Andrés Neuman fue el siguiente. Al acudir a Bélgica, el aula subterránea donde suceden las conferencias, pasamos por el lavabo: cara, manos, dientes. Casi llegamos tarde, Raúl y Rafa se dispusieron a la escucha. Albert jamás llegó, preocupados por la ausencia, es el que tiene más cara de etarra, Raúl fue en su búsqueda, el buen señor dormía a pierna suelta con la puerta de la furgoneta abierta. Ahora toca a Iban Zaldua, el vasco detective estelar.


 

Última noche, noche de Circus. Fuimos a la discoteca del pueblo con todos. Buena gente. Y de nuevo borrachera tremenda, comienza a ser demasiado corriente. Fin de la noche sorpresivo, hemos hecho una cosa extraordinaria, y todo está grabado. 

 

Después de tomar el desayuno de los campeones.   

 

Durante treinta minutos intentamos cerrar la puerta de la furgoneta, primero uno, después los otros. Todo trabajo infructuoso, al final dormimos sin poderlo hacer. Una de las teorías indica que los Geos (fuerzas especiales de la policía) nos la torcieron, aunque hay otra mucho más factible que plantea el sabotaje por parte de los ninja del jefe: F.I.

 

Día V

La primera conferencia de la mañana nos la perdemos, trasnochar empieza a pasar factura. La segunda se suspende por la no asistencia del ponente. En la de la tarde, Fernando Iwasaki nos habla del feo amor, del amor no correspondido; una ponencia hilvanada a base de anécdotas que dibujan algo así como una educación sentimental. Autoficción lo llaman ahora.

………

Conocí hace años a un tipo en Sevilla que me decía que él, cuando se muriera, no quería ir al cielo, “a mí que me manden al infierno, con las putas, los ladrones, los borrachos… Eso sí, guardias civiles que no haya ninguno, al guardia civil que la manden al cielo”.





 

 

Dicen que una de las entradas del infierno se encuentra al norte de Madrid, que precisamente por eso Felipe II ordenó construir El Escorial, que tenía el objeto de taponar esa vía de acceso. Claro, desde entonces se acumulan en las cercanías del antiguo palacio las almas destinadas al inframundo, incapaces de alcanzar su destino.

Merodeando por los alrededores, cuando ya todos los bares están cerrados, aparece una de esas almas –con las que acabaremos encontrándonos en el hades el día que encontremos otra entrada-, un tipo alto de pelo blanco y unos cincuenta años que nos pregunta dónde puede coger un taxi.

Uy, a esta hora ya no hay taxis, contesta Vega, la piadosa alumna del curso que nos cede la llave de su habitación para que mantengamos un mínimo de condiciones higiénicas. Entonces el tipo se pone a contarnos que ha estado dos años y medio rodando por su cuenta y riesgo un documental sobre la prostitución, para lo cual ha pasado horas y horas en burdeles de toda condición, gastando la mayor parte del tiempo en convencer a las putas, después de haber pagado y ya en la habitación, de que él no quería follar sino obtener un testimonio directo. Al menos déjame hacerte una mamadita, cuenta que le decían algunas.

 

Nos narra también más cosas. Nos relata que una vez, siendo muy joven, estaba tocando en la calle Preciados y se acabó yendo a la cama con dos guiris. Algunos son bipolares, yo soy bipollar, dice antes de soltar una estentórea y seca carcajada. No sé en qué momento preciso, alguien nombra a Cortázar y al tipo se le enciende la cara, Oh, los cronopios, dice, y nos recita algunos fragmentos. Después nos pregunta si tenemos algo para fumar, pero no tenemos nada. Yo en casa tengo pa’ fumar, pa’ beber y pa’ comer; pero mi casa está a dos kilómetros y medio, dice. Y nos ofrece acompañarlo si queremos.

Vega e Inma –la otra chica del curso que viene con nosotros esa noche-, un poco asustadas, declinan la oferta y se van a dormir. Nosotros, arrastrados más que nada por el entusiasmo de la parte azteca del asunto, accedemos encantados. De camino, además de sentarse un rato frente a El Escorial y cagarse en la puta madre de Felipe II y de los monjes que en la actualidad habitan el palacio, se para delante de un árbol y lo abraza lentamente mientras le habla en voz baja. Se despide de él dándole una palmada y proseguimos nuestro camino. Albert se muestra reticente. ¿En serio vamos a andar dos kilómetros y medio?, murmulla. No sé, a mí me da igual, pregúntale a Rafa, le contesto yo. Y al girarnos vemos al susodicho abrazando a todos los árboles del paseo. Vaya un gilipollas, pues no hay árboles en el mundo, yo a ése lo he abrazado porque lo conozco desde hace veinticinco años, joder, exclama Joaquín.

 

Al final le acompañamos hasta su casa –de su hermano en realidad- y los dos kilómetros y medio resultan no ser ni siquiera uno entero. Allí bebimos ron y mezcal –humo líquido, según la parte azteca del asunto-, comimos algo, le escuchamos contar historias de su vida. ¿Cómo habéis dicho que se llama vuestra revista?, nos pregunta. Preferiría no hacerlo, le contestamos. Un nombre cojonudo, añade él.
Con alguna de las historias que nos cuenta se emociona y llora como un niño. Rafa le abraza. El abrazo de dos borrachos que recién se conocen tiene algo de hundimiento compartido, como dos
náufragos que, a falta de un pedazo de madera, se aferran el uno al otro para no irse solos al fondo. ¿Cómo habéis dicho que se llama vuestra revista?, nos vuelve a preguntar. Preferiría no hacerlo, contestamos nosotros. Vaya una mierda de nombre, contesta él.

El amanecer nos encuentra metidos en su coche, que está estacionado frente a la casa, escuchando música allí porque en la casa hay gente durmiendo. Le convencemos para que nos ponga algo suyo. Tengo compuestas más de quinientas canciones, nos había exagerado un rato antes. Pone el cd y va comentando, tema a tema, la intrahistoria de las canciones. Cuando llegamos a una en la que colaboró con Compay Segundo vuelve a emocionarse y rompe a llorar. Ésta vez le abrazamos Rafa y yo.

 
 

Joaquín Lera -séptimo de los once hijos de un marinero nueve de los cuales son artistas-, todo un personaje. Nos regala a cada uno un vinilo con temas suyos titulado “Sinfonía de ranas” y un libro donde se recogen letras de sus canciones: “Flores de papel”. 

Vaya noche, de nuevo nos vamos a dormir al romper el alba.

 


Día IV

Resaca de tercer grado. Empieza a ser contraproducente, por las mañanas, encender un mechero en el interior de la furgoneta. El alcohol de nuestro aliento se condensa en las ventanas; para cuando se nos acabe el ron, siempre nos quedará la opción de lamer los cristales. No es culpa nuestra; los conferenciantes, los asistentes al curso e incluso uno de los camareros -el que nos regaló el vino- nos han adoptado como la mascota pobre a la que invitar a copas y ceder la habitación para que se dé una ducha. -A veces incluso nos acarician-.

Ayer escuchamos a Ana María Shua hablar sobre la muerte; a Rafael Gumuzio disertar sobre su abuelo -chileno de origen vasco y sangre gitana- y, ya por la tarde, a Manuel Vilas exponer su teoría sobre la estatura de hombres famosos desde la perspectiva de la iconografía simbólica del capitalismo trascendental.

Después, de nuevo a la terraza del bar del hotel, a beber hasta que se vacía de gente, momento en el que nos planteamos la posibilidad, finalmente descartada, de colocar todas las sillas como si fuesen las butacas de un cine.

-Mientras Albert y Rafa reíamos descoyuntándonos la mandíbula y Raúl, con parsimonioso andar de recién meado, volvía a través de una terraza vacía y su voz tañía palabras ajaponesadas regadas en alcohol ("silencio sepulclal"), se dibujó en la noche un grito de insomne molestia: "callaos, que duelmo y mañana tengo confelencia" F.I.-.

Así que nos fuimos hacia la furgoneta con el último cubata en la mano y la intención de dormir, pero escuchamos lo que parecía ser la música de un concierto y hacia allá tiramos. Desgraciadamente no era un
concierto. La música -Janis Joplin- venía de lo que parecía ser un bar sin entrada. Encaramados a la valla, le preguntamos a tres tipos que disertaban sobre Esperanza Aguirre si aquello era un bar pero, al parecer, era una casa.

No nos quedó más remedio que volver a la furgoneta y echar la última en el bar de siempre, en el que ejercemos de gerente, camareros y clientes habituales.

Mañana vienen Garzón y Savater, cada uno a un curso distinto, ¿algún policía o guardaespaldas se dará cuenta de la pinta de etarras que tenemos?