miércoles, 8 de septiembre de 2010

Día V

La primera conferencia de la mañana nos la perdemos, trasnochar empieza a pasar factura. La segunda se suspende por la no asistencia del ponente. En la de la tarde, Fernando Iwasaki nos habla del feo amor, del amor no correspondido; una ponencia hilvanada a base de anécdotas que dibujan algo así como una educación sentimental. Autoficción lo llaman ahora.

………

Conocí hace años a un tipo en Sevilla que me decía que él, cuando se muriera, no quería ir al cielo, “a mí que me manden al infierno, con las putas, los ladrones, los borrachos… Eso sí, guardias civiles que no haya ninguno, al guardia civil que la manden al cielo”.





 

 

Dicen que una de las entradas del infierno se encuentra al norte de Madrid, que precisamente por eso Felipe II ordenó construir El Escorial, que tenía el objeto de taponar esa vía de acceso. Claro, desde entonces se acumulan en las cercanías del antiguo palacio las almas destinadas al inframundo, incapaces de alcanzar su destino.

Merodeando por los alrededores, cuando ya todos los bares están cerrados, aparece una de esas almas –con las que acabaremos encontrándonos en el hades el día que encontremos otra entrada-, un tipo alto de pelo blanco y unos cincuenta años que nos pregunta dónde puede coger un taxi.

Uy, a esta hora ya no hay taxis, contesta Vega, la piadosa alumna del curso que nos cede la llave de su habitación para que mantengamos un mínimo de condiciones higiénicas. Entonces el tipo se pone a contarnos que ha estado dos años y medio rodando por su cuenta y riesgo un documental sobre la prostitución, para lo cual ha pasado horas y horas en burdeles de toda condición, gastando la mayor parte del tiempo en convencer a las putas, después de haber pagado y ya en la habitación, de que él no quería follar sino obtener un testimonio directo. Al menos déjame hacerte una mamadita, cuenta que le decían algunas.

 

Nos narra también más cosas. Nos relata que una vez, siendo muy joven, estaba tocando en la calle Preciados y se acabó yendo a la cama con dos guiris. Algunos son bipolares, yo soy bipollar, dice antes de soltar una estentórea y seca carcajada. No sé en qué momento preciso, alguien nombra a Cortázar y al tipo se le enciende la cara, Oh, los cronopios, dice, y nos recita algunos fragmentos. Después nos pregunta si tenemos algo para fumar, pero no tenemos nada. Yo en casa tengo pa’ fumar, pa’ beber y pa’ comer; pero mi casa está a dos kilómetros y medio, dice. Y nos ofrece acompañarlo si queremos.

Vega e Inma –la otra chica del curso que viene con nosotros esa noche-, un poco asustadas, declinan la oferta y se van a dormir. Nosotros, arrastrados más que nada por el entusiasmo de la parte azteca del asunto, accedemos encantados. De camino, además de sentarse un rato frente a El Escorial y cagarse en la puta madre de Felipe II y de los monjes que en la actualidad habitan el palacio, se para delante de un árbol y lo abraza lentamente mientras le habla en voz baja. Se despide de él dándole una palmada y proseguimos nuestro camino. Albert se muestra reticente. ¿En serio vamos a andar dos kilómetros y medio?, murmulla. No sé, a mí me da igual, pregúntale a Rafa, le contesto yo. Y al girarnos vemos al susodicho abrazando a todos los árboles del paseo. Vaya un gilipollas, pues no hay árboles en el mundo, yo a ése lo he abrazado porque lo conozco desde hace veinticinco años, joder, exclama Joaquín.

 

Al final le acompañamos hasta su casa –de su hermano en realidad- y los dos kilómetros y medio resultan no ser ni siquiera uno entero. Allí bebimos ron y mezcal –humo líquido, según la parte azteca del asunto-, comimos algo, le escuchamos contar historias de su vida. ¿Cómo habéis dicho que se llama vuestra revista?, nos pregunta. Preferiría no hacerlo, le contestamos. Un nombre cojonudo, añade él.
Con alguna de las historias que nos cuenta se emociona y llora como un niño. Rafa le abraza. El abrazo de dos borrachos que recién se conocen tiene algo de hundimiento compartido, como dos
náufragos que, a falta de un pedazo de madera, se aferran el uno al otro para no irse solos al fondo. ¿Cómo habéis dicho que se llama vuestra revista?, nos vuelve a preguntar. Preferiría no hacerlo, contestamos nosotros. Vaya una mierda de nombre, contesta él.

El amanecer nos encuentra metidos en su coche, que está estacionado frente a la casa, escuchando música allí porque en la casa hay gente durmiendo. Le convencemos para que nos ponga algo suyo. Tengo compuestas más de quinientas canciones, nos había exagerado un rato antes. Pone el cd y va comentando, tema a tema, la intrahistoria de las canciones. Cuando llegamos a una en la que colaboró con Compay Segundo vuelve a emocionarse y rompe a llorar. Ésta vez le abrazamos Rafa y yo.

 
 

Joaquín Lera -séptimo de los once hijos de un marinero nueve de los cuales son artistas-, todo un personaje. Nos regala a cada uno un vinilo con temas suyos titulado “Sinfonía de ranas” y un libro donde se recogen letras de sus canciones: “Flores de papel”. 

Vaya noche, de nuevo nos vamos a dormir al romper el alba.

 


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